Los sonámbulos.
EL OGRO SALVAJE EN TIERRA DE CIEGOS.

Publicado el 4 diciembre, 2017
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*“El infierno son los otros”, se dice ahora, siguiendo a Sartre, al tiempo de atizarlo con el dogmatismo respectivo, ante el cual especuladores, estafadores, inversores, empresarios, banqueros, financieros y todos esos bichos que en la jerga del “Ogro Salvaje” se reúnen en el más encubridor que metafísico término de “mercados”, no han hecho otra cosa que saltar y aullar de gusto, ya despojados de cualquier recato.

Por Jesús Delgado Guerrero

Del “Cambio de rumbo” que inició por allá de 1982 la paulatina demolición de eso que se conoce como “gobierno o autoridad”, al “Cambio con rumbo” que ahora pretende sonar como cuña original de los herederos para mantener el dogma vigente, median no sólo 36 años, sino el hecho lapidario de tener que soportarse a sí mismo cuando todas las reservas se han agotado.

Pocas líneas como las citadas han podido provocar tanta devastación institucional y sufrimiento y miseria sociales, además del derramamiento de sangre en tiempos de paz.

Del viejo al nuevo testamento neoliberal, resulta menos ficticio y misterioso el bíblico puerto de Ofir y su riqueza en oro que, según la leyenda, fue saqueada por el Rey Salomón y su contlapache Hiram de Tiro en sospechosas transacciones comerciales (campañas de piratería bien organizadas, a decir de algunos, algo así como robos financieros, burbujas especulativas y otros “fallos del mercado”).

Pero es preciso incluso auto-ignorarse y, según las crónicas a cargo de los intercesores de la realidad en primer plano, intérpretes de la inmediatez y otros más de la parodia de la representación, asegurarse la cantidad suficiente de agua bendita para aplicarla de manera masiva y evitar desfanatizaciones y la desbandada de consumidores de ilusiones sexenales.

“El infierno son los otros”, se dice ahora, siguiendo a Sartre, al tiempo de atizarlo con el dogmatismo respectivo, ante el cual especuladores, estafadores, inversores, empresarios, banqueros, financieros y todos esos bichos que en la jerga del “Ogro Salvaje” se reúnen en el más encubridor que metafísico término de “mercados”, no han hecho otra cosa que saltar y aullar de gusto, ya despojados de cualquier recato.

Los viejos rituales previos al relevo presidencial, en apariencia los mismos en los que la encarnación del poder absoluto hacía alarde de ostentación, esta vez fueron todo lo contrario. Ni siquiera confirmaron la calidad de membretes de esos que constitucionalmente son “entes públicos” (los partidos políticos) sino que anunciaron el inicio de su reducción a polvo, quizá simples oficinas de trámites político-electorales

En un país de ciegos, similar a los de H.G. Wells y sus niños condenados, esto es motivo de gusto, de adhesiones en tropel, de las clásicas bufaladas de los sectores que, domesticados, van en camino a los desfiladeros. Como aquellos personajes, no se piensa en plagas, en enfermedades, sino en colocar altares para la inmolación.

No es lo mismo ideología que religión, pero el fundamentalismo las hace sumamente dañinas y muy peligrosas. Épocas de drogas duras, las adicciones ideológicas y credos fanatizadores emergen casi invencibles y resulta imposible sostener cualquier escaramuza más o menos seria cuando se invocan demiurgos celestiales o infernales como responsables de las calamidades en economía y política.

“La contienda final será de ideas”, ha dicho el nuevo aspirante a gerente del dogma neoliberal, José Antonio Meade (del PRI o lo que esto sea), en abierto mensaje a su adversario, el supuesto izquierdista Andrés Manuel López Obrador (de Morena y, también, lo que esto sea).

Ante estos desplantes y, sobre todo ante los hechos, no queda más que menear la cabeza.

A final de cuentas, toda la narrativa neoliberal, plagada de paraísos futuros, se viene por tierra frente a los hechos, frente a todo aquello que durante 36 años se ha venido ofertando bajo el dogma que representa y ha practicado Meade Kuribreña, y que se resume en la depredación y concentración de la riqueza nacional en pocos, amén de corrupción e impunidad, y en la miseria vergonzante de millones.

En suma, José Antonio Meade (un priista-no priista, según los cómicos malabares de los órganos de propaganda del Ogro Salvaje) es un fervoroso creyente de la desigualdad como factor vital del desarrollo humano.

Tal vez sus calificaciones escolares le otorguen a este personaje una buena estatura como abogado y economista, pero su problema no es siquiera de ideas sino, en el menor de los casos, de intoxicación de las mismas (que ya es decir bastante, según las consideraciones que hacía Jesús Reyes Heroles sobre estos temas).

Por eso los saltos eufóricos de rentistas especuladores, de evasores de impuestos, de agentes monopólicos y toda esa caterva que ha depredado a sus anchas que, al final, en esta etapa previa de fachada democrática impuso nuevamente a uno de los suyos, en este caso a Meade Kuribreña.

Aquí no sobra anotar que las ideologías y el capitalismo confesional no tendrían que reducirse a las insulsos torneos verbales de las últimas contiendas. Tanto vendedor de humo asfixia. Son los hechos los que tendrían que servir de contraste, pero la ceguera resulta contagiosa al menor favor o ante la humillante despensa.

 

 

 

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